Siete años de calor artificial: el pasto y la clavelina antárticos reaccionan al revés

En la isla Rey Jorge, bajo cámaras que subieron 1,5 a 3 °C, uno perdió un tercio de fotosíntesis y el otro ganó 44%.

27 de octubre de 2026 · 1 min de lectura

Cada verano, Patricia Sáez, de la Universidad de La Frontera (Chile), y su equipo viajan a la isla Rey Jorge, en la punta norte de la península antártica. Ahí controlan las dos únicas plantas con flores nativas del continente: el pasto antártico (*Deschampsia antarctica*) y la clavelina antártica (*Colobanthus quitensis*). Entre 1960 y 2009, cada una triplicó más o menos su rango.

En diciembre de 2012 instalaron cámaras hexagonales de tope abierto cerca de la estación polaca Henryk Arctowski. Durante seis temporadas de crecimiento, subieron la temperatura media diaria del aire entre 1,5 y 3 °C.

Tras siete años, el equipo desenterró plantas de adentro y de afuera de las cámaras. Las midió en un laboratorio de la estación, a un kilómetro, en menos de 24 horas. El estudio salió en *Physiologia Plantarum*.

El pasto movió casi dos tercios menos de agua por las hojas, armó vasos más angostos y hojas más gruesas. Su fotosíntesis cayó cerca de un tercio. La clavelina hizo lo contrario: flujo de agua y fotosíntesis subieron cerca de 44%, con vasos más anchos.

Hay una salvedad. En el verano 2018-2019 las cámaras tuvieron máximas apenas 1 °C más altas y mínimas 2 °C más bajas. Las plantas pasaron 309 horas bajo cero, contra 32 afuera. Tom Buckley (UC Davis) propone leer el resultado como respuesta a más oscilación y no solo a más calor.

Peter Convey, del British Antarctic Survey, atribuye parte de la diferencia a la forma: la clavelina crece en cojín compacto, parecido a un musgo, y el pasto, más suelto, queda más expuesto al congelamiento. Lawren Sack (UCLA) dice que las respuestas opuestas podrían cambiar cuál especie domina.

Sáez estudia ahora plantas con 16 años en las cámaras y los microorganismos que las rodean.